
1. La paloma mensajera.
-¡Maldita sea!- fué lo único que pensó el viejo James cuando vió como una paloma hizo sus necesidades en el balcón del antro en el que residía. Sin darle mayor importancia la espantó y volvió a sentarse en un mohoso sillón a seguir oyendo la radio. Pero en esta historia tiene mas importancia la paloma, que el viejo James. Así que os adelanto que no lo volveré a nombrar.
La paloma siguió revoloteando, alegre, por entre aquel amasijo oscuro de cemento y vigas de metal al que los ciudadanos llaman "la ciudad dormida". Esta ciudad era mas bien parecida a un túnel cilíndrico excavado bajo tierra y atravesado por grandes barras de acero. Las viviendas, por llamar de alguna manera a las tristes construcciones que hacían de hogar, plagiaban con poca suerte a las celdas de un panal de miel. Estaban repartidas por toda la pared de aquel cilindro. Y aunque había iluminación artificial, el conjunto era tan luminoso como como lo pueden ser las linternas de cuatro niños y dos niñas buscando fantasmas en una mansión abandonada y con las pilas a medias.
Los Astronautas acababan de abrir la compuerta gigante que hacía de sol. Los ciudadanos llamaban Astronautas a los simples operarios que para ganarse un bocadillo de paté de pato abrían la compuerta todos los días, cinco minutos al día.
En cuanto empezó a sonar el horrible mecanismo de apertura, Elaine soltó lo que tenía entre las manos (los cabellos que le había arrancado a su hermano mayor) y salió corriendo hacia el minúsculo balcón. El sol tuerca era ni mas ni menos que la tapa de ese horrible agujero que habitaban. Esa compuerta tenía forma de tuerca, y era la única esperanza para los habitantes, que se agolpaban para ver los pocos rayos de sol de mediodía que disfrutaban apenas unos minutos de cada 24 horas.
La tez blanca de Elaine se ponía de acuerdo con las piernas todos los días, para ir al balcón y ver la luz del sol. Elaine solo tenía 9 años, pero era muy espabilada. Aún lo parecía más comparada con el resto de niños de la ciudad.
Allí cualquier habitante al que te parases a observar tenía un aire rancio y mirada perdida. Ella se sentía muy sola, su familia no le prestaba atención y los juegos a los que jugaban los demás niños eran tan divertidos como rascarse la espalda.
Aquel día, bajó desde la superficie una paloma blanca y marrón con manchitas azules en el pico y unos ojos por los que se veía el firmamento. Después de deambular un poco por la ciudad, bajó hasta el piso 45-E, donde estaba Elaine, que contemplaba con atención la salida del sol tuerca. En cuanto vio a la paloma se lanzó a acariciarla y ésta de dejó acariciar por cada uno de los cinco dedos de la mano derecha que está al final del brazo de Elaine. Se quedaron así durante un buen rato, incluso después de que se cerrara el sol. Intentó esconder la paloma como pudo de las miradas de sus padres y su hermano. Sabía que la castigarían sin ver el sol si encontraban a la paloma, y a la paloma la castigarían sin ver otra cosa que el fondo del puchero.
2. Elaine y las ansias de volar.
Elaine le cogió cariño a la paloma enseguida, ya sea porque era simpática, o por tener alas o por haberle puesto nombre. La llamó Linda. La paloma parecía estar muy a gusto con Elaine, y le ofrecía miradas inteligentes. La paloma parecía como si quisiera hablar, como si tuviera algo importante que decirle, y no era para pedir el desayuno, que eso ya se lo había ofrecido Elaine. La niña llegó a la conclusión de que había algo más aparte de su ciudad. Que aun quedaban en la superficie cosas que merecieran la pena dedicarles una mirada, un poema o algún algo. Y de aquel lugar habría venido Linda.
En la ciudad dormida habían muy pocos animales, y eran todos de criadero subterráneo, listos para matarlos y ser consumidos.
La historia de esa ciudad es transmitida por radio a los ciudadanos. Pero la versión real es algo así: Después de la gran guerra no quedó casi nada en la superficie del planeta, surgieron ciudades hacia abajo, y se metieron allí todos, como lo haría la cabeza de una avestruz. Esas ciudades estaban dispersas, y no tenían contacto unas con otras, pasó el tiempo y nunca salían a tierra firme. El alcalde ya se encargaba de mantener aislado ese subsuelo de cualquier otra cosa. Y aunque por fuera aparentaba ser un hombre más duro que el pan de tres días, en su intimidad era un cobarde, que tenía pesadillas todas las noches. Soñaba que se caía de la cama pero hacia arriba y era absorbido por soles tuerca extraterrestres. La gente no parecía estar disgustada con las decisiones del alcalde, pero nadie era feliz.
Elaine podría ser el máximo exponente de felicidad que pudiera encontrarse en semejante tugurio. ¿Por que? Porque su fantasía la transportaba hasta la superficie, incluso mas allá, surcando el cielo, que una vez le había descrito su abuelo, la única persona con la cabeza en su sitio que pudo conocer, hasta que dejó de moverse un día. En esos viajes podía ver flora y fauna que no conocía y gente con color de piel saludable e incluso lluvias de ranas.
Hacía ya una semana desde que llegó Linda cuando decidió que ella tenía que salir fuera. Estaba convencida de que había algo más que lo que decía el alcalde o incluso esas personas con pies y estómago que se hacían llamar padres. La cabeza peluda del hermano merecía la misma atención puesto que no tenía muchas luces, menos incluso que las que tenía la ciudad.
Elaine cogió un pequeño zurrón, en el que solo cabría una paloma y un trozo de pan, pero hizo fuerza para embutir también un marquito con la foto de su abuelo. Se decidió a subir a lo alto. Sabría que no sería fácil y que tendría que despistar a los guardias del alcalde y a los astronautas. Miró antes de irse el mapa de la ciudad y y el mapa de la ciudad se sonrojó. La parte transitable de la ciudad era tan sólo, el suelo, muchos metros hacia abajo y los puentes y escaleras que cruzaban de parte a parte aquel cilindro claustrofóbico. La suerte que tuvo Elaine es que su padre fue un día astronauta, y sabía que habían caminos secretos que llevaban hasta arriba. No le pudo regalar el firmamento, pero al menos es un valioso conocimiento.
Estando ya de camino vio gente andando por los puentes y se tapó la cara con la capucha negra que llevaba. No parecieron prestarle atención, andaban lentamente y mirando fijamente a la nada. Elaine se puso un poco nerviosa al acercarse a la parte alta de la ciudad, en dónde vivían las personas más ricas. Tenían balcones más grandes, con más sol, y comían mejor que los demás. Aun así el aspecto que tenían era también depresivo, tanto era así que si alguno se miraba al espejo más de media hora, se moría de pena. Como ya he mencionado, la única que podía tener algo de alegría en el corazón era Elaine, pero ahora ese sentimiento era confuso por los nervios y la emoción de la aventura. El corazón lo tenía tan acelerado que se agarró el pecho para evitar que saliese disparado hacia arriba, dejándola a ella atrás. Se lo imaginó saltando, sonriente, despidiéndose de ella. Ésta visión le hizo gracia y se le escapó una risita. Todo estaba en silencio. Si alguien la había oído estaba perdida. Se escondió donde Pudo. Pudo era un amigo suyo, que vivía arriba y a veces se escondía por esa zona, cuando sus padres pensaban azotarle. El escondite consistía en unas cajas de madera apiladas y vacías, que habían abandonado entre dos tuberías. Apestaban un poco porque en su día había contenido pescado. Pero no era pescado pescado, sino de una piscifactoría que se hallaba en el fondo. En el rato que Elaine estuvo sin moverse en su oloroso escondite oyó como pasaban unos guardias del alcalde por ahí. Por la conversación parecía que sabían que había una niña suelta por esa zona, y que probablemente tenía la rabia.
Pensó que debía darse prisa, y en cuanto los vio alejarse apresuró su marcha. Ya no le quedaba mucho por llegar. El problema es que cuando por fin se encontró en la parte más elevada estaba plagada de Astronautas. Su trabajo no solo consistía en abrir el sol tuerca todos los días. Hacían mediciones del estado de la ciudad y recogían datos del cielo que había inmediatamente encima de ellos. Aquel recinto, con grandes aberturas por los lados, parecía un frisbee de dos pisos con el que soñaría cualquier perro para que le lanzara su dueño. Pero de ser así se quedaría sin dientes dado que este disco era de acero. Los astronautas soñaban también con el frisbee, pero eran pesadillas en las que los aspiraba hacia la superficie y morían asfixiados. Desde esa estancia podía llegarse a un gran portón por el que podía subir arriba a la intemperie. Elaine se escondió detrás de la puerta por la que se accedía a esa sala y tiró un trozo del pan que se había guardado. Los Astronautas lo oyeron caer al suelo y fueron allí a mirar. Mientras discutían si era un regalo de dios, o si el diablo les quería tender una trampa, ella se alejó de allí rumbo hacía el portón. Había una alta escalera inclinada, la subió rápidamente y vio que tan solo había allí un hombre. Atareado con unos botones y mediciones que tenía una de las paredes. Elaine no sabía que hacer, pero la paloma sí. Asomó la cabeza por el zurrón y después de la aprobación acariciada de Elaine, revoloteó alrededor de aquel hombre, que de miedo y desesperación cayó por las escaleras. Aquel Astronauta vio las estrellas ese día. Elaine tan sólo tenía que abrir una escotilla haciendo girar una gran manivela. Pero estaba cerrada tan fuerte que no pudo. No pudo sin Pudo, pero su amigo la había visto subir y la había seguido. Consiguieron abrirla entre los dos. Elaine le contó un poco lo que pasaba. Pudo escuchó lo que ella decía mientras se sonaba los mocos con la manga y al final le dijo: - Ten suerte... y vuelve.. algún día...-
Elaine subió y Pudo se alejó, con lágrimas en los ojos.
3. Spock
Aún había luz. Era por la tarde. El sol le regaló un guiño por entre las nubes. Las nubes le regalaron unas gotitas de lluvia fresquitas. Elaine decidió regalar a Linda el resto del pan, y ésta agradecida le dedicó un alegre revoloteo por el aire, como una bailarina de ballet con un tutú blanco y marrón y un antifaz azul. Después marchó corriendo hacia el horizonte, en donde veía algo que no reconocía. Parecía algo así como platos de pasta italiana encima de palos de escoba atados a sillas de cuatro patas. Cuando se acercó más distinguió edificios, encima de esos platos. Era una ciudad en la altura. De repente vió algo acercarse por el cielo a toda velocidad, era un helicóptero, pero Elaine nunca había visto uno. Tenía las aspas pintadas de amarillo y el exterior tenía un motivo atigrado. La niña se quedó parada en el sitio, perpleja hasta que el helicóptero aterrizó. De él salió un hombre muy guapo y muy listo, que se llamaba Spock. Tampoco Elaine había visto a alguien semejante. Con la piel morena, gafas oscuras y pose gallarda. Elaine le indicó el agujero del que provenía. Spock afirmó: - ya veo...- y la llevó volando hasta la ciudad que parecía pasta italiana. Esa ciudad tenía un aire fresco (más que el que pudiera respirarse a ras de tierra o debajo de ella) allí crecían árboles bajo la luz del sol y lo que a la niña le parecían desde lejos espaguetis eran en realidad conductos por los que pasaba el metro público. Parecía estar todo bien organizado y la gente tenía un aspecto saludable.
A Elaine la dejaron en un hospital, para que pudiera tranquilizarse y recobrarse un poco. Mientras Spock hablaba por teléfono con habilidad suprema para conversar con un montón de gente a la vez. Se decidió ir a la Ciudad Dormida y sacar de allí a todos los habitantes para transportarlos a varias de las ciudades "pasta italiana" que pueblan el mundo. El Alcalde no pudo ocultar su frustración, puesto que fuera de esa ciudad, no tenia poder, tan solo era una persona más, con su cabeza, manos y piernas. Spock era muy inteligente y intuía que aún quedaban ciudades como esa ocultas bajo tierra, por eso hacía viajes de inspección a diario, por que le gustaba su trabajo y poder ayudar a las personas, garantizándoles un futuro mejor.
Y ya está hijos míos, es la cuarta vez que os cuento para dormir la historia de cómo encontré a vuestra madrina Elaine. Es tarde y mañana tendré que hacer otra inspección con mi flamante helicóptero atigrado. Quién sabe lo que me pueda encontrar. Y tranquilos, que a la vuelta os lo cuento todo. Que tengáis felices sueños. Os quiero.
Epílogo
La paloma pertenecía a Spock y originalmente se llamaba Paloma. Elaine se encontró con Pudo, unas semanas mas tarde, y Pudo se sintió feliz. Hasta se le olvidó la mala costumbre de sonarse con la manga. Una familia adoptó a los dos niños, que empezaron a ir a clase y aprendieron a respirar, a jugar, y a contemplar el maravilloso cielo estrellado mientras comían helados de vainilla y chocolate con barquillos, menos Pudo, que los quería sin barquillo.
La luminosidad exacta de la ciudad dormida, medida en luxes, la desconocemos, porque no sabemos cuántas linternas llevaban los niños en cada mano.
Iwakura
30-12-2006