28 de septiembre de 2008

Alegoría del destino




La mañana primaveral llegó a la ciudad de Burgos cargada de rayos de sol que se colaron caprichosamente por las ventanas del ático. El estudio con paredes verdes se iluminó, olvidándose por unas horas del fantasmal aspecto que lo recubre en el ocaso con las espeluznantes sombras proyectadas de esculturas a medio hacer.

- Juan Carlos, estás ahí?
- Sí cariño. Ahora bajo.
La escalera de caracol metálica que le separaba de su esposa Isabel chirriaba con cada paso del artista.
- Tienes que hacer algo con esa maldita escalera, me da dentera de oirla.
- Ya lo sé... ¿Pero cuando?
- Basta con que fijes una fecha y la cumplas.
- Ya sabes lo que eso supone, con todo el polvo que se levantaría, se podrían dañar mis cuadros.
- Tú si que eres un cuadro. Anda ayúdame a guardar todo esto en la nevera. Mira, te he traido helados de stratiacella con caramelo.
- Gracias cielo. ¿Te preparo un café?
- Si no es molestia para tan ilustre persona...
- Menos cachondeo.
El aroma del café inundó la cocina. El filtro de la cafetera todavía humeaba cuando Isabel soltó una carcajada de pronto.
- Isa, por favor, confírmame que no tengo que llevarte todavía al psiquiátrico.
- Aún te quedan años de soportarme, Don Juan.
- Sarna con gusto no pica, dicen. Y ahora explícame qué es eso tan gracioso que me ha hecho saltar de la silla.
- Es que me acabo de acordar...He comprado tres periódicos distintos en los que aparecen críticas del cuadro que dejaste en la galería de arte. ¿Te las leo?
- Vale, pero con esa entonación tan cómica que sólo tú sabes poner.
Isabel soltó una risita que impregnó el ambiente de dulzura.
- Te leo lo que escribe Ignacio Salas:
"El cuadro de Juan Carlos Soto titulado Alegoría del destino, nos habla de la vida, de la belleza de los paisajes rurales, con frondosos árboles regados por riachuelos y adornado con prados de ensueño, en una abstracción de líneas marrones. Las pinceladas blancas nos simbolizan la claridad del cielo de los pueblos, exentos de la contaminación de las ciudades. Las manchas verdes nos indican el ciclo de la vida y la belleza que éste representa."
Espera que ahora te leo la de Marcos Campos. Dice: "Alegoría del destino es una exaltación de la hermosura femenina, mostrándonos mediante líneas y manchas de color un desnudo de mujer, en el que aparece tumbada en una cama con colcha de terciopelo verde, en una habitación luminosa, casi etérea. Tiene un marcado carácter erótico y casi místico a la vez. Lo compararía con la Maja Desnuda de Goya pero en ámbito abstracto".
¿Sigo? Ésta es de Luis Valverde, en el suplemento de cultura: "Este cuadro es a todas luces una crítica de la sociedad actual y de la maldad inherente del hombre. Nos muestra mediante unas pinceladas expresivas, con fuerza, la violencia desatada y enloquecida de individuos matándose entre sí, quizá por envidias y odio. El autor ha querido protestar así contra el mundo que nos espera en un futuro cercano".
Por un momento se hizo el silencio. El humo de la cafetera había dejado de hacerles compañía.
- Alucinante ¿Verdad? ¿Piensas ir a la entrevista que quieren hacerte los de la tele?
- Diré que estoy saturado de trabajo en este momento, que quizá en otra ocasión. Además...mejor no les digo que el cuadro lo copié del cadaver aplastado de una cucaracha en la pared de mi estudio.
- No cielo, mejor que no.


Iwakura
09-06-08

10 de septiembre de 2008

El Sol Tuerca


1. La paloma mensajera.

-¡Maldita sea!- fué lo único que pensó el viejo James cuando vió como una paloma hizo sus necesidades en el balcón del antro en el que residía. Sin darle mayor importancia la espantó y volvió a sentarse en un mohoso sillón a seguir oyendo la radio. Pero en esta historia tiene mas importancia la paloma, que el viejo James. Así que os adelanto que no lo volveré a nombrar.

La paloma siguió revoloteando, alegre, por entre aquel amasijo oscuro de cemento y vigas de metal al que los ciudadanos llaman "la ciudad dormida". Esta ciudad era mas bien parecida a un túnel cilíndrico excavado bajo tierra y atravesado por grandes barras de acero. Las viviendas, por llamar de alguna manera a las tristes construcciones que hacían de hogar, plagiaban con poca suerte a las celdas de un panal de miel. Estaban repartidas por toda la pared de aquel cilindro. Y aunque había iluminación artificial, el conjunto era tan luminoso como como lo pueden ser las linternas de cuatro niños y dos niñas buscando fantasmas en una mansión abandonada y con las pilas a medias.

Los Astronautas acababan de abrir la compuerta gigante que hacía de sol. Los ciudadanos llamaban Astronautas a los simples operarios que para ganarse un bocadillo de paté de pato abrían la compuerta todos los días, cinco minutos al día.
En cuanto empezó a sonar el horrible mecanismo de apertura, Elaine soltó lo que tenía entre las manos (los cabellos que le había arrancado a su hermano mayor) y salió corriendo hacia el minúsculo balcón. El sol tuerca era ni mas ni menos que la tapa de ese horrible agujero que habitaban. Esa compuerta tenía forma de tuerca, y era la única esperanza para los habitantes, que se agolpaban para ver los pocos rayos de sol de mediodía que disfrutaban apenas unos minutos de cada 24 horas.

La tez blanca de Elaine se ponía de acuerdo con las piernas todos los días, para ir al balcón y ver la luz del sol. Elaine solo tenía 9 años, pero era muy espabilada. Aún lo parecía más comparada con el resto de niños de la ciudad.
Allí cualquier habitante al que te parases a observar tenía un aire rancio y mirada perdida. Ella se sentía muy sola, su familia no le prestaba atención y los juegos a los que jugaban los demás niños eran tan divertidos como rascarse la espalda.

Aquel día, bajó desde la superficie una paloma blanca y marrón con manchitas azules en el pico y unos ojos por los que se veía el firmamento. Después de deambular un poco por la ciudad, bajó hasta el piso 45-E, donde estaba Elaine, que contemplaba con atención la salida del sol tuerca. En cuanto vio a la paloma se lanzó a acariciarla y ésta de dejó acariciar por cada uno de los cinco dedos de la mano derecha que está al final del brazo de Elaine. Se quedaron así durante un buen rato, incluso después de que se cerrara el sol. Intentó esconder la paloma como pudo de las miradas de sus padres y su hermano. Sabía que la castigarían sin ver el sol si encontraban a la paloma, y a la paloma la castigarían sin ver otra cosa que el fondo del puchero.


2. Elaine y las ansias de volar.

Elaine le cogió cariño a la paloma enseguida, ya sea porque era simpática, o por tener alas o por haberle puesto nombre. La llamó Linda. La paloma parecía estar muy a gusto con Elaine, y le ofrecía miradas inteligentes. La paloma parecía como si quisiera hablar, como si tuviera algo importante que decirle, y no era para pedir el desayuno, que eso ya se lo había ofrecido Elaine. La niña llegó a la conclusión de que había algo más aparte de su ciudad. Que aun quedaban en la superficie cosas que merecieran la pena dedicarles una mirada, un poema o algún algo. Y de aquel lugar habría venido Linda.

En la ciudad dormida habían muy pocos animales, y eran todos de criadero subterráneo, listos para matarlos y ser consumidos.
La historia de esa ciudad es transmitida por radio a los ciudadanos. Pero la versión real es algo así: Después de la gran guerra no quedó casi nada en la superficie del planeta, surgieron ciudades hacia abajo, y se metieron allí todos, como lo haría la cabeza de una avestruz. Esas ciudades estaban dispersas, y no tenían contacto unas con otras, pasó el tiempo y nunca salían a tierra firme. El alcalde ya se encargaba de mantener aislado ese subsuelo de cualquier otra cosa. Y aunque por fuera aparentaba ser un hombre más duro que el pan de tres días, en su intimidad era un cobarde, que tenía pesadillas todas las noches. Soñaba que se caía de la cama pero hacia arriba y era absorbido por soles tuerca extraterrestres. La gente no parecía estar disgustada con las decisiones del alcalde, pero nadie era feliz.
Elaine podría ser el máximo exponente de felicidad que pudiera encontrarse en semejante tugurio. ¿Por que? Porque su fantasía la transportaba hasta la superficie, incluso mas allá, surcando el cielo, que una vez le había descrito su abuelo, la única persona con la cabeza en su sitio que pudo conocer, hasta que dejó de moverse un día. En esos viajes podía ver flora y fauna que no conocía y gente con color de piel saludable e incluso lluvias de ranas.

Hacía ya una semana desde que llegó Linda cuando decidió que ella tenía que salir fuera. Estaba convencida de que había algo más que lo que decía el alcalde o incluso esas personas con pies y estómago que se hacían llamar padres. La cabeza peluda del hermano merecía la misma atención puesto que no tenía muchas luces, menos incluso que las que tenía la ciudad.
Elaine cogió un pequeño zurrón, en el que solo cabría una paloma y un trozo de pan, pero hizo fuerza para embutir también un marquito con la foto de su abuelo. Se decidió a subir a lo alto. Sabría que no sería fácil y que tendría que despistar a los guardias del alcalde y a los astronautas. Miró antes de irse el mapa de la ciudad y y el mapa de la ciudad se sonrojó. La parte transitable de la ciudad era tan sólo, el suelo, muchos metros hacia abajo y los puentes y escaleras que cruzaban de parte a parte aquel cilindro claustrofóbico. La suerte que tuvo Elaine es que su padre fue un día astronauta, y sabía que habían caminos secretos que llevaban hasta arriba. No le pudo regalar el firmamento, pero al menos es un valioso conocimiento.

Estando ya de camino vio gente andando por los puentes y se tapó la cara con la capucha negra que llevaba. No parecieron prestarle atención, andaban lentamente y mirando fijamente a la nada. Elaine se puso un poco nerviosa al acercarse a la parte alta de la ciudad, en dónde vivían las personas más ricas. Tenían balcones más grandes, con más sol, y comían mejor que los demás. Aun así el aspecto que tenían era también depresivo, tanto era así que si alguno se miraba al espejo más de media hora, se moría de pena. Como ya he mencionado, la única que podía tener algo de alegría en el corazón era Elaine, pero ahora ese sentimiento era confuso por los nervios y la emoción de la aventura. El corazón lo tenía tan acelerado que se agarró el pecho para evitar que saliese disparado hacia arriba, dejándola a ella atrás. Se lo imaginó saltando, sonriente, despidiéndose de ella. Ésta visión le hizo gracia y se le escapó una risita. Todo estaba en silencio. Si alguien la había oído estaba perdida. Se escondió donde Pudo. Pudo era un amigo suyo, que vivía arriba y a veces se escondía por esa zona, cuando sus padres pensaban azotarle. El escondite consistía en unas cajas de madera apiladas y vacías, que habían abandonado entre dos tuberías. Apestaban un poco porque en su día había contenido pescado. Pero no era pescado pescado, sino de una piscifactoría que se hallaba en el fondo. En el rato que Elaine estuvo sin moverse en su oloroso escondite oyó como pasaban unos guardias del alcalde por ahí. Por la conversación parecía que sabían que había una niña suelta por esa zona, y que probablemente tenía la rabia.

Pensó que debía darse prisa, y en cuanto los vio alejarse apresuró su marcha. Ya no le quedaba mucho por llegar. El problema es que cuando por fin se encontró en la parte más elevada estaba plagada de Astronautas. Su trabajo no solo consistía en abrir el sol tuerca todos los días. Hacían mediciones del estado de la ciudad y recogían datos del cielo que había inmediatamente encima de ellos. Aquel recinto, con grandes aberturas por los lados, parecía un frisbee de dos pisos con el que soñaría cualquier perro para que le lanzara su dueño. Pero de ser así se quedaría sin dientes dado que este disco era de acero. Los astronautas soñaban también con el frisbee, pero eran pesadillas en las que los aspiraba hacia la superficie y morían asfixiados. Desde esa estancia podía llegarse a un gran portón por el que podía subir arriba a la intemperie. Elaine se escondió detrás de la puerta por la que se accedía a esa sala y tiró un trozo del pan que se había guardado. Los Astronautas lo oyeron caer al suelo y fueron allí a mirar. Mientras discutían si era un regalo de dios, o si el diablo les quería tender una trampa, ella se alejó de allí rumbo hacía el portón. Había una alta escalera inclinada, la subió rápidamente y vio que tan solo había allí un hombre. Atareado con unos botones y mediciones que tenía una de las paredes. Elaine no sabía que hacer, pero la paloma sí. Asomó la cabeza por el zurrón y después de la aprobación acariciada de Elaine, revoloteó alrededor de aquel hombre, que de miedo y desesperación cayó por las escaleras. Aquel Astronauta vio las estrellas ese día. Elaine tan sólo tenía que abrir una escotilla haciendo girar una gran manivela. Pero estaba cerrada tan fuerte que no pudo. No pudo sin Pudo, pero su amigo la había visto subir y la había seguido. Consiguieron abrirla entre los dos. Elaine le contó un poco lo que pasaba. Pudo escuchó lo que ella decía mientras se sonaba los mocos con la manga y al final le dijo: - Ten suerte... y vuelve.. algún día...-
Elaine subió y Pudo se alejó, con lágrimas en los ojos.


3. Spock

Aún había luz. Era por la tarde. El sol le regaló un guiño por entre las nubes. Las nubes le regalaron unas gotitas de lluvia fresquitas. Elaine decidió regalar a Linda el resto del pan, y ésta agradecida le dedicó un alegre revoloteo por el aire, como una bailarina de ballet con un tutú blanco y marrón y un antifaz azul. Después marchó corriendo hacia el horizonte, en donde veía algo que no reconocía. Parecía algo así como platos de pasta italiana encima de palos de escoba atados a sillas de cuatro patas. Cuando se acercó más distinguió edificios, encima de esos platos. Era una ciudad en la altura. De repente vió algo acercarse por el cielo a toda velocidad, era un helicóptero, pero Elaine nunca había visto uno. Tenía las aspas pintadas de amarillo y el exterior tenía un motivo atigrado. La niña se quedó parada en el sitio, perpleja hasta que el helicóptero aterrizó. De él salió un hombre muy guapo y muy listo, que se llamaba Spock. Tampoco Elaine había visto a alguien semejante. Con la piel morena, gafas oscuras y pose gallarda. Elaine le indicó el agujero del que provenía. Spock afirmó: - ya veo...- y la llevó volando hasta la ciudad que parecía pasta italiana. Esa ciudad tenía un aire fresco (más que el que pudiera respirarse a ras de tierra o debajo de ella) allí crecían árboles bajo la luz del sol y lo que a la niña le parecían desde lejos espaguetis eran en realidad conductos por los que pasaba el metro público. Parecía estar todo bien organizado y la gente tenía un aspecto saludable.

A Elaine la dejaron en un hospital, para que pudiera tranquilizarse y recobrarse un poco. Mientras Spock hablaba por teléfono con habilidad suprema para conversar con un montón de gente a la vez. Se decidió ir a la Ciudad Dormida y sacar de allí a todos los habitantes para transportarlos a varias de las ciudades "pasta italiana" que pueblan el mundo. El Alcalde no pudo ocultar su frustración, puesto que fuera de esa ciudad, no tenia poder, tan solo era una persona más, con su cabeza, manos y piernas. Spock era muy inteligente y intuía que aún quedaban ciudades como esa ocultas bajo tierra, por eso hacía viajes de inspección a diario, por que le gustaba su trabajo y poder ayudar a las personas, garantizándoles un futuro mejor.

Y ya está hijos míos, es la cuarta vez que os cuento para dormir la historia de cómo encontré a vuestra madrina Elaine. Es tarde y mañana tendré que hacer otra inspección con mi flamante helicóptero atigrado. Quién sabe lo que me pueda encontrar. Y tranquilos, que a la vuelta os lo cuento todo. Que tengáis felices sueños. Os quiero.


Epílogo

La paloma pertenecía a Spock y originalmente se llamaba Paloma. Elaine se encontró con Pudo, unas semanas mas tarde, y Pudo se sintió feliz. Hasta se le olvidó la mala costumbre de sonarse con la manga. Una familia adoptó a los dos niños, que empezaron a ir a clase y aprendieron a respirar, a jugar, y a contemplar el maravilloso cielo estrellado mientras comían helados de vainilla y chocolate con barquillos, menos Pudo, que los quería sin barquillo.
La luminosidad exacta de la ciudad dormida, medida en luxes, la desconocemos, porque no sabemos cuántas linternas llevaban los niños en cada mano.


Iwakura
30-12-2006

9 de septiembre de 2008

La pesada carta



CAPÍTULO UNO

Habian discutido. Fue una tonteria. Julia insistía en que habian quedado a las siete y veinte, Edu se defendía con que ella le dijo: a las seis, vente y estuvo esperándola más de una hora, hasta que se marchó enfadado. Ninguno tenía cobertura.

Cuando consiguieron hablar por fin, ya daban más de las diez. Pero eso era relativo, puesto que la hora no la "daban", y les iba a pasar la factura muy pronto.

En media hora Julia mandó a Edu a freír espárragos. Y justo eso fue lo que se hizo Edu para cenar, pero se le quemaron. Entonces comió una triste manzana después de lavarla con lagrimas. Así era el mosqueo de ella, así de sensible era él, y así de reluciente quedó la manzana.

Como era viernes decidió ir al pueblo para relajarse, puesto que el pueblo no acudiría a él. Cogió el coche, luego lo soltó porque pesaba, y acto seguido entró en él con cara de velocidad.

Era una hora de viaje hasta el pueblo, pero se le hizo eterno dadas las circunstancias. Cuando llegó a aquel silencioso cúmulo de casuchas, sólo le recibieron dos gatos, una cucaracha y cien mosquitos, los cuales tenían planes para con él esa misma noche.

Al día siguiente se despertó peor que mal, si es que llegó a dormir. Después de desayunar una madalena mas dura que una piedra, y que le hizo morderse la lengua, pensó aquello de:
- Ya no me puede ir peor.
Y suceció. Sucedió que con un gran estruendo de cristales y madera y cráneo, le entró por la ventana de la planta baja medio cuerpo del cartero.

-¡Que buena idea!¡ Le escribiré una carta a Julia!- Dijo al ver al desmayado y anciano cartero. Al pobre hombre se le había descontrolado la bicicleta y no consiguió impedir el accidente.

Le sacó de ahí, le curó las heridas y le invitó a una madalena del jurásico que el pobre hombre no pudo masticar. Avisó por teléfono del accidente de Antonio el cartero y un suplente recogió las cartas allí mismo.

Le indicó a Antonio donde podia echarse a descansar y estirar las arrugas de la frente. Mientras el sufrido cartero se quedó en la cama, Edu escribía una carta de amor. La carta más pesada que haya escrito nadie jamás. Tan sólo eran tres folios a doble cara, pero iban muy cargados de sentimientos.
Quería reconciliarse con Julia y puso en cada palabra su corazón, sus neuronas, sus lacrimales y sus nervios nerviosos. Todo ello sin olvidarse de los puntos de las íes y de los rabitos de las jotas, porque como todos sabemos... una jota sin rabito es poco más que una "i". Cuando terminó de escribir fue al cuarto donde había dejado a Antonio. Se lo encontró tumbado pero despierto, a punto de levantarse. Se encontraba mucho mejor y al ver la carta en la mano de Edu preguntó por ella. Entonces se ofreció a llevarla a correos.

Después de verificar que la bicicleta funcionaba le dió las gracias a Edu y se despidió de él.
Edu esperaría pacientemente una respuesta por parte de Julia. Concretamente de la parte de la cara que se llama boca y sirve para comer y, en ocasiones, para hablar por teléfono.


CAPÍTULO DOS

Llevar la carta hasta correos fue toda una odisea. Lo que ocurrió es mas o menos esto:
Antonio no llevaba siquiera tres minutos y seis segundos de camino cuando se dió cuenta que era muy costoso avanzar con la bici. Acababa de dejar una cuesta arriba, pero ya estaba en llano. Pensó que la bici pesaba mucho, o que el estaba ya mayor y fue pensando en su jubilación hasta que al final la bici se detuvo. No hubo manera de avanzar y reposó un poco con los pies en el suelo.

Vió por entre el maletín de la bici la carta que debia entregar y al intentar cogerla se cayó al suelo de cabeza. Le costó horrores recoger la carta, de tanto que pesaba. Cuando la tuvo levantada comprendió muchas cosas. De la misma manera que empleamos palabras para describir cosas que no son visibes, como la "esperanza", existen pesos para describir palabras que no apreciamos suficiente.
Esa insignificante carta debía pesar como un monovolumen o como un elefante tuerto, quizá algo menos.
Supo entonces que esa carta debía llegar a su destino como fuera. Se puso la gorra e hizo fuerza con el pelo para anclarla en su sitio. Se apretó el cinturón y después de inspirar hondo comenzó a pedalear con todas sus fuerzas.
La bici se movió y así prosiguió su camino. Lo que viene ahora pasó muy rápido, pero lo intentaré escribir a cámara lenta. Se precipitó cuesta abajo por una pendiente, atropellando a un perro que le ladraba a una mariposa que a su vez bailaba en el aire como volaría un caimán. El perro se enredó en los radios de la bici y ambos comenzaron a rodar, pasando a traves de bolsas de basura y cartones hasta que solo se vió una gran bola rodante, que a la filosofía le costó distinguir qué era cartón y qué era cartero.
En el momento de estrellarse contra la puerta de la oficina de correos, la gran bola se paró, saliendo diparados en las tres dimensiones, perro, cartero, cartones, todo lo demás y la carta aterrizó en la mesa del matasellos colándose por la ventana. La sellaron, y empezó su nuevo viaje.


CAPÍTULO TRES

El camino hacia la ciudad no fue menos movido. Dirigido por el jefe de correos, y con una escolta de 4 policías, partieron 6 carteros más llevando a cuestas la carta metida en una vitrina. Esto fue así porque la carta se negaba a subir a la camioneta, o esa impresión daba, ya que cada vez que la intentaban subir, alguien se tropezaba, o le entraba un tic nervioso o se le doblaban las rodillas por el lado contrario. Y así marcharon por toda la urbe, rodeados cada vez de más gente, y había incluso quienes se ofrecían a ayudar a llevarla. La carta se sentía importante, o al menos así se sentiría si tuviera vida.
Llegaron por fin al domicilio de Julia pero no parecía haber nadie. Y es que Julia no sabía que estaba pasando y no quiso abrir. La incertidumbre asoló la improvisada reunión, pero pronto algo comenzó a cambiar... de la carta parecía salir el olor característico del jazmín, que consiguió subir los 4 pisos que separaban a la carta de Julia. Esto le hizo reaccionar, y se acordó de los paseos con Edu por el pueblo, rodeados de jazmines entre otras flores. El recuerdo latente en su interior de esos momentos tironeó de ella hacia abajo, con tanta fuerza que Julia cayó varios escalones hacia abajo. Ello no impidió que siguiera bajando las escaleras como hipnotizada.


CAPÍTULO TRES Y MEDIO

Llegó abajo y recogió la carta sin mediar palabra con nadie, ante la mirada atenta de todos los que esperaban mediar palabra con Julia. Abrió el sobre y en seguida una bocanada inmensa de aire, le saltó a la cara, despeinándola como si no se hubiera peinado en su vida. Leyó la carta con los ojos empañados, hoja tras hoja. Era un texto preciosamente escrito y estrictamente precioso. Terminó de leer la carta con emoción y dio las gracias a todos los que ayudaron a llevarla hasta su casa. Después de unas breves palabras y de secarse los ojos con la chaqueta de uno de los carteros, se despidió y subió a casa de nuevo.
A varios kilómetros de allí la mariposa dejó de bailar como vuelan los caimanes para volar como bailan las mariposas. Edu cogió el teléfono, porque estaba sonando. Era Julia, le estaba hablando desde esa parte de la cara que sirve para comer y, en ocasiones, para comunicarse.




-Ningún animal resultó herido en el transcurso de este relato.

Iwakura
22-12-2006

4 de septiembre de 2008

La puerta



Quizá no sepamos nunca que hay tras la puerta. Puede ser que seamos nosotros mismos los que ya estemos al otro lado. Sea lo que sea no conseguimos abrirla. La llave entra en la cerradura pero no gira. Con tanto esfuerzo y sudor ojalá hubiera detrás un oasis en el que refrescarse. La puerta permanece cerrada. No se abre. Pero algún dia, quizá con más maña o fuerza, el mecanismo del Universo cederá y oiremos el giro del cerrojo, anunciando que aún vivimos y que hemos conseguido ser eternos, por la sangre de nuestra sangre.

1 de septiembre de 2008

El camino del viento


Hace ya muchas lunas que emprendí mi viaje hacia tierras de naturaleza incierta. Amo a mi pueblo, a mi gente. Me encantan los atardeceres sentado tranquilamente en las ruinas del antiguo castillo. Nací con un mal siniestro en el cuerpo. Dicen que es un parásito que me mata lentamente y a la vez me mantiene con vida. Que podría ser por una maldición que le echaran a mi madre estando encinta. Lo cierto es que me estoy muriendo y mi cuerpo no aguantaría que intentaran extraérmelo. Por eso decidí irme del pueblo. Demasiado tarde, tal vez, pero confieso que me paralizaba el miedo. Al final sólo me decidí cuando la gente se apartó de mi -puede ser contagioso- dicen. Nunca me gustaron las despedidas pero esta fue especialmente dolorosa. No se que puedo encontrarme por el camino y quizá no vuelva nunca jamás. He dejado atrás tantas cosas, tantos sueños, tantos seres queridos que cada pisada me pesa, el corazón llora y los minutos permanecen eternos. Pero aun puedo andar. La esperanza de curar mi mal tiene nombre de hechicera. De hecho tiene muchos nombres. Según cuenta la leyenda existe una hechicera que vive en los Picos Serrados, una cordillera difícil de acceder. No se sabe qué edad tiene, quizá cientos de años y parece que fue muy poderosa. Por lo que sé tiene muchas personalidades, cada una con su propio nombre. Y una, sólo una de ellas, aceptaría ayudarme. Debo llamarla Viento o de lo contrario ni siquiera hablará conmigo. Eso lo se porque lo he soñado. Puede que sea tonto perseguir así un sueño, pero es lo único que tengo. La soledad quema en mi piel y me congela a la vez. En la oscuridad del bosque en la noche sólo se oyen los latidos de mi corazón. Los grillos se han calmado. Los pájaros duermen, y sólo llama mi atención las hormigas que me suben confundiéndome con un viejo tronco podrido. Pero no. Todavía no. Mañana amanecerá temprano y el sol guiará mis pasos. El viaje continúa...sigo el camino del viento...